La ciudad que habito (1990)

El largo poema dividido en seis secciones construye, entre los nombres de las aguas y las aves, una geografía holográfica donde en un amasijo de siglos de historia y los presentes conflictos políticos y ambientales, la poeta se instala en dos planos: el uno, social, con las menciones a los lugares y sus personajes —la plaza, sus transeúntes, su lustrabotas; las vendedoras ambulantes; el café y el museo y ahí los amigos—; el otro, íntimo, en el recogimiento de las costumbres láricas: el tejido, las conservas para el invierno duro, el mate ceremonial.

La vida del agua es llamada en todos sus bautismos; la belleza de los pájaros en todos sus cantos; la maldita codicia en todas sus máscaras.

La ciudad es lo efímero entre temblores, enormes temporales y el río que inevitablemente corre “a su fin temporal”.